
Cristo sabía lo que le esperaba. Durante el período que lo condujo hasta su pasión, no buscó huir de las pruebas: las atravesó para superarlas. ¿Cómo? Habiendo sanado primero sus propias heridas, extrajo de esa fuerza interior el valor para afrontar la traición, la humillación, la injusticia.
¿Por qué no aprovechar esta semana para sanar nuestras propias heridas? Su curación nos permite desarrollar la compasión que con demasiada frecuencia negamos a los demás, y sobre todo a nosotros mismos. Miremos a nuestro alrededor. Quien ha atravesado el abandono comprende mejor el aislamiento del prójimo. Quien ha conocido la injusticia la reconoce en los ojos de quien la sufre. Quien ha sido humillado no olvida jamás la dignidad de quien no tiene voz.
Sin duda sería más fácil ignorar nuestras heridas. Sin embargo, si nos negamos a sanarlas, permanecen infectadas y se agravan con los años. Las que sanamos con ternura, en cambio, cicatrizan progresivamente. Entremos, pues, en nuestro misterio interior. Llevemos en nosotros esa luz que Cristo supo darse a sí mismo.
Buena Semana Santa.
Con amor,
Bernard y Angie